Nuestra maravillosa vida sin sentido Por Daniel Molina | Para LA NACION

La vida no tiene ningún sentido. Pero los seres humanos necesitamos creer en algo para tolerar vivir.

Por eso le inventamos sentidos al mundo de la misma forma en que antes habíamos inventado el lenguaje (que, por lo demás, es lo que nos permite pensar el mundo como un todo coherente). Durante milenios ese sentido del mundo fue esencialmente religioso. Luego aparecieron la política, el arte y la ciencia como otras grandes fuentes del sentido.

Esa historia del sentido del mundo funcionó hasta las últimas décadas del siglo XX, cuando sucedieron dos hechos que están cambiando radicalmente nuestra forma de ver el mundo: el fin del ideal revolucionario -tras la caída del Muro de Berlín en 1989- y la difusión masiva del mundo virtual a partir de la aparición de Internet, a mediados de los 90.

Hasta entonces, los seres humanos creíamos en relatos y en contenidos: la existencia de dioses, la búsqueda de la justicia, experimentar la belleza o el amor eran sentidos que nos impulsaban. A partir de entonces, las creencias que buscan darle sentido a la vida humana se han desmaterializado: ya no es el relato el que nos impulsa, sino el medio; ya no es el contenido, sino la forma.

Hoy el mundo virtual es nuestro mundo. Pero este mundo virtual tiene nuevas lógicas. Ya no sólo no nos permite creer realmente en relatos totalizadores (como fueron las religiones del pasado o las ideas políticas revolucionarias, que funcionaron como religiones laicas), sino que tampoco podemos centrarnos ni concentrarnos en nada.

La vida virtual es una sucesión infinita de instantes dispersos y la conexión perpetua de fragmentos diversos. La procrastinación (esa capacidad para posponer siempre lo que debemos hacer) no es una anormalidad. Es la esencia de la nueva vida.

Sólo tiene sentido la conexión. Estar en red es la forma actual de sentirse vivos. Por eso nos resulta intolerable que se caiga Internet, no conseguir Wi-Fi o que el móvil no encuentre una conexión 3G que nos mantenga en línea.

Ningún dios ni la belleza ni la justicia ni siquiera el amor sustentan hoy el sentido del mundo. La vida contemporánea se define como esa vibración del celular que nos avisa que llegó un mensaje: alguna forma de respuesta a alguna forma de pregunta que enviamos.

Sin objeto claro, sin sentido aparente, pero con la fuerza que en el pasado sólo tenía el hambre o la más desesperada pulsión sexual, hoy es la conexión a la vida virtual la que nos da sentido.

En ese desamparo hay una esperanza. Ahora el sentido está vacío. No se trata de alcanzar algún cielo que ya conocemos de antemano. Ese vacío nos permitirá inventar nuevos mundos: efímeros y dispersos (como es ahora nuestra vida).

A pesar de que él no conoció esta experiencia, nadie imaginó con más lúcida desesperación la vida virtual que Fernando Pessoa cuando escribió al comienzo de su extraordinario poema “La Tabaquería” estos versos: “No soy nada./Nunca seré nada/No puedo querer ser nada/Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo”.

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